viernes, 26 de agosto de 2011

La suerte del elefante


Hace algún tiempo vengo dándole vueltas a la estrecha relación que existe entre la manera en que pensamos (y hablamos) y nuestras posibilidades en el mundo. Progresivamente voy teniendo la certeza que "la suerte" no existe, al igual que la felicidad, se crea y cada uno de nosotros tiene la posibilidad de forjarla.


El cuento que cito a continuación del escritor argentino Jorge Bucay nos retrata lo que a veces se nos hace transparente...


"Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enrome bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.


 El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta. 


Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez."

miércoles, 24 de agosto de 2011

A respirar!



A menudo me pasa que no me doy cuenta y estoy viviendo a mil por hora, preocupada de hacer mi trabajo, cumplir con mis deberes, estudios, responsabilidades y olvido algo tan simple como respirar. Es algo que hacemos todo el  tiempo, en toda circunstancia, tanto es así que se nos vuelve transparente, nos pasa  desapercibido algo tan esencial para vivir. Sin embargo a veces el solo hecho de recordar respirar nos tranquiliza, nos calma, como cuando tenemos que pararnos a hablar frente a un público, soportar algún dolor, respirar nos devuelve el alma al cuerpo.  

Hace un tiempo leí en un libro que dependiendo de tu capacidad respiratoria se podía medir tu grado de felicidad, que las mujeres que respiraban corto y poco tenían menos predisposición hacia el gozo y la alegría (existen hasta ejercicios de respiración para mujeres que sufren de frigidez) y es que no hay nada más reconfortante que una respiración profunda, a todo pulmón, relaja el cuerpo, elimina toxinas y aclara la mente. ¿Han notado su respiración cuando tienen miedo? Es corta y débil ¿y la de la alegría? Es honda, tanto que cuando uno ríe debe esforzarse para tomar más aire antes de que este se nos escape. A veces pienso que el aire es alegría que tenemos disponible para nosotros en cualquier momento y que se hace transparente porque está siempre ahí. 

Lo mismo pasa a veces con nuestras relaciones, pasan desapercibidas porque esa persona está siempre ahí para nosotros y olvidamos lo importante que es para nuestra vida, como el aire, olvidamos que tenemos personas especiales a nuestro alrededor simplemente porque siempre han estado allí y se hacen transparentes hasta que ya no están, de ahí la típica frase “uno no valora las cosas que tiene hasta que las pierde”, no esperemos perder las cosas valiosas que tenemos en nuestra vida para apreciarlas, agradezcamos día a día las personas maravillosas que nos acompañan y ayudan día a día, y cada vez que nos sintamos agotadas o nerviosas no olvidemos llenar con fuerza nuestros pulmones y simplemente respirar! 

lunes, 22 de agosto de 2011

Amy y la valoración personal



Quedé impresionada con la muerte de Amy Whinehouse, más allá de lo que todos comentaban sobre lo triste que es que una  joven talentosa muriera en esas condiciones, yo como buena psicóloga me fui a las posibles causas. Investigando, lo que más me impresionó fue que algunos atribuyeron su adicción a las drogas y posterior muerte a su mala suerte en el amor… yo me pregunto ¿suerte o elecciones? y es que  ¿existe alguien quien nunca ha tenido mala suerte en el amor? Como canta la canción de Américo: “que levante la mano quien no sufrió por amor”. 

Sin embargo yo creo que hay cosas más contundentes por debajo, al parecer Amy no  hacia las mejores elecciones de pareja y se volvía a enamorar una y otra vez de hombres que le hacían daño, ¿a alguien le suena familiar su caso? ¡Que levante la mano! Muchas mujeres eligen una y otra vez a hombres que no las aman  como se merecen, pero sin embargo siguen con ellos en relaciones insatisfactorias y a veces hasta nocivas y tormentosas. Creo que la causa está principalmente en la valoración que tiene esa persona de sí misma. 

Vivimos en un mundo que continuamente nos refuerza el hacer, el parecer, el complacer a los demás y no nos enseñan a amarnos y complacernos a nosotras mismas, es algo que tenemos que aprender. Frecuentemente en la consulta le propongo a mis pacientes mirarse al espejo y decir “me amo y me acepto completamente”, les puedo decir que en el 99% de los casos la persona que tengo al frente no puede hacerlo, simplemente no puede, considerando que es solo una frase que se puede decir al aire, pero no es tan así, es potente y en general acarrea sentimientos intensos porque estamos hablando de nuestro punto débil: nuestra valoración personal. 

Puede que muchas de nosotras sintamos que tenemos una autoestima alta, que nos queremos moderadamente, pero ¿Cuántas veces refuerzo eso en el día? ¿Qué me digo a mí misma cuando me equivoco? ¿Cuánto me permito mis errores? No olvidemos que en la vida obtenemos lo que damos, si me doy amor a mí misma, recibo amor de los demás, si pido amor afuera, lo mas probable es que de afuera me pidan amor, ¡no que me den más amor! Ese es el clásico error que cometemos las mujeres y es la confusión que tenemos, no tengo que esperar que me acepten o me hagan feliz, mi responsabilidad conmigo es aceptarme y hacerme feliz a mí. Aquí es cuando hay personas que se sienten egoístas, pero no nos malinterpretemos,  eso se llama amor, simplemente no puedo dar lo que no tengo, si no me quiero de manera incondicional  ¿Cómo espero que otros me quieran de esa manera? Así que creo que conozco el mejor tratamiento de belleza: quererse cada día más.  Consta de regalonearse, felicitarse, agradecerse y piropearse,  practíquenlo diariamente esta semana, les aseguro que los otros lo notarán.